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"He perdido amistades debido al velo".

Equipo Vive Islam

Rebeca Carranco

Ella lo dice sin un ápice de drama, asumiéndolo como parte su decisión: “He perdido amigos por el velo”. Pero eso es una cosa, y otra que se sienta víctima de una situación de racismo, como la que vivió el 27 de abril del año pasado, en el aeropuerto de El Prat. Alba, de 22 años (que en realidad responde a las iniciales de K. F. H.) y su padre viajaban a Londres, eran los terceros en la cola, y cuando les llegó el turno, empezaron a pedirles todo tipo de documentos: desde su dirección postal a su cuenta bancaria.

Estaban en la puerta de embarque de un vuelo de Ryanair, con destino a Londres. Al principio, relata Alba, le costó darse cuenta de lo que ocurría. “Mi padre, que sí que había vivido situaciones de racismo, lo identificó al momento”. Cuando fue consciente del todo, se enfureció. Primero, porque le había pasado a ella, segundo, porque le podía pasar a mucha más gente. Eran los únicos “de color” de toda la fila, y ella además llevaba velo.

Por ese motivo acudió a SOS Racisme, que intervino y pidió explicaciones a la compañía. El año pasado, esta ONG que lucha contra situaciones de desigualdad y racismo atendió a 431 personas. De estas, 121 eran por casos de racismo (16 menos que el año anterior), según la memoria que presentan y coincidiendo con el día internacional de la eliminación de la discriminación racial. El resto, acudieron a la entidad con dudas de extranjería o temas laborales.

El caso de Miriam es un poco distinto al de Alba. Ella no ha perdido amigos por el velo, pero sí ha tenido que pelear para acudir a su instituto público, en el distrito barcelonés de Ciutat Vella, con el velo porque la normativa del centro lo prohíbe. “Fui al director y le dije que no había entendido la norma”, explica esta joven, de 21 años, que viste con un hiyab de colores y que responde en realidad a las iniciales de H. M. R. Cuando le dijeron que fue una decisión aprobada por la junta directiva, ella se enfrentó: "Con un poco de chulería y rebeldía, les dije que volvieran a reunirse y que lo quitaran".

Alba y Miriam explican que optaron por cubrirse la cabeza libremente. Alba lo hizo con 12 años, después de una visita a sus tíos en Holanda. “Allí vi a primas tapadas”, recuerda. Sopesó hacerlo en sexto, pero finalmente eligió el cambio de ciclo, donde parte de sus compañeros serían nuevos y no les resultaría tan extraño que de golpe usase el velo. Miriam asiente mientras la escucha. Ella tomó la decisión a los 15, en 3º de ESO. Ambas aseguran que usan el hiyab por motivos religiosos.

Y a ambas les han preguntado más de una vez y de dos por qué lo han hecho. En primero, cuando me lo puse, me lo preguntaba todo el mundo: profesores, alumnos y compañeros. A mí me gusta que me lo pregunten, lo que no me gusta es que me ataquen o que me insulten sin saber el qué”, señala Alba. En su caso, asegura que el proceso duró un año aproximadamente. “Luego la gente se adapta, y decide si seguir contigo o no. Hay gente que no me habla por el simple hecho de llevar el velo”, explica esta estudiante de integración social, con nacionalidad española, que llegó con tres años y medio de su Somalia natal.

Ryanair respondió su queja el 28 de diciembre. “Queremos pedir disculpas a los pasajeros si sintieron discriminación racial, en ningún momento esa era nuestra intención”, dice la misiva. La compañía se excusa en que desde el Reino Unido les piden más controles, ante la posibilidad de que viajen personas con documentación falsificada. “Es por este motivo que se les pidió más documentación”, alega, aunque ni Alba ni su padre responden al perfil de viajeros que usan identidades falsas, según admite la propia aerolínea. “Por lo cual, confirmamos que en ningún momento existió una discriminación”, concluye. SOS Racisme estudia ahora un litigio estratégico para conseguir cambiar la política de la compañía.

Miriam ganó la batalla y acude con velo al instituto, del que pide no dar el nombre, porque sigue cursando allí un grado superior de comercio y marketing. “Si no luchas, si no hablas, si no te quejas, no logras cambiar las cosas”, subraya. En el instituto siguen en vigor unas normas, que ya no son de obligado cumplimiento, en las que se recomienda no ir tapado. Desde el Departamento de Educación recuerdan que, si bien no es preceptivo, la Generalitat recomienda que se respete “la diversidad cultural en todas sus formas y, por tanto, se permita el uso del vestuario o elementos simbólicos, ya sean de carácter cultural, religioso o identitario”.

Alba, nacida en Catalunya y residente en Barcelona, sigue sin entender por qué hay quien ve en el velo una forma de opresión en la mujer. “Hay muchas mujeres musulmanas que no lo llevan y hacen su vida, normal, sin más”, asegura. Hace seis años que decidió taparse y ahora ya se le hace impensable quitárselo. “Ha sido un largo camino”, explica e insiste en que lo lleva porque es “creyente y practicante”. Pero si quisiese quitárselo, está convencida de que su madre la apoyaría. A SOS Racisme le gustaría que el hecho de que esté autorizado o no el uso del velo en un centro no fuese algo arbitrario, a merced de una junta directiva.

En 2016, la entidad intervino en diversos casos de discriminación. El de Miriam y el de Alba son solo dos de ellos. La ONG ha identificado que están apareciendo nuevas maneras de racismo, vinculadas por ejemplo al acceso a la vivienda (propietarios que no alquilan a personas con velo) o en el trabajo (una mujer a la que no le dejaban cursar prácticas en el hospital con hiyab).

A pesar de eso, la tónica general se repite año tras año: la mayoría de los casos atendidos (31%) son contra cuerpos de seguridad, sobre todo vendedores ambulantes contra agentes de la Guardia Urbana, que no suelen acudir a los juzgados. “Que se archive un proceso en su contra ya es un éxito”, explica Alba Cuevas, directora de SOS Racisme Catalunya. El resto son casos entre particulares (16%), en servicios privados (15%), discriminaciones en el acceso a derechos sociales (14%) o discriminación laboral (14%). Las agresiones por parte de la extrema derecha (4%) o de la seguridad privada (5%) son las menos significativas.

El 34% de los asuntos no se denunciaron en 2016 (41) por decisión, principalmente, de la víctima, bien por desconfianza en la vía judicial o bien por miedo. Una cifra muy similar a la del año anterior (41%). Cuevas advirtió que la vía judicial de los delitos de odio, con una fiscalía especializada, es una herramienta que ha servido para visibilizar esos problemas, pero apuntó que no es la panacea y puede suponer banalizar los casos que quedan fuera de la vía judicial. Hasta que las administraciones no se pongan a hacer políticas públicas antirracistas, no lograremos una solución”, concluyó.

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