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Hace tiempo, cuando alguien quería ser famoso, debía tener talento, pero vivimos unos tiempos en los que, para alcanzar la fama, basta con dejar de tener vergüenza.

Y no hay más que echar un vistazo general a la situación en nuestra sociedad para darnos cuenta de ello, y en verdad que más que exagerar en lo dicho, incluso se puede decir que me quedo corto ante tal afirmación.

Que el mundo ya no es el que era, dudo que haya quien lo dude, pero de lo que no hay duda, es que al paso que vamos, el mundo ya no volverá a ser el mismo.

Si la fama tuviese algún valor, las personas nobles y ejemplares tendrían más derecho a ella, sin hablar de los sabios y científicos que con su aportación contribuyen a una humanidad mejor, pero se da el caso que los que más destacan y se llevan la admiración de gran parte de las personas, son aquellos que van contra las reglas, incitan a perder los valores y por si lo dicho no fuera suficiente grave, también animan a sobrepasar los límites, sin que importe el hecho de pisar nobles principios que nos hacen humanos y que sin ellos, no se puede alcanzar la ansiada felicidad.

Pero ¿de verdad es tan grave la situación como para darle tanta relevancia a un asunto así? Si lo que está en juego es el futuro de nuestros jóvenes, y por ende, el equilibrio de nuestra sociedad, entonces toda precaución es poca, y no hay que estar muy despiertos para darnos cuenta que los sueños de nuestros jóvenes de hoy pueden acabar siendo nuestras pesadillas de mañana, pues cuando hace años los más pequeños soñaban con ser científicos, médicos, profesores… en resumen, gente de bien que contribuya a construir una sociedad mejor; nuestros pequeños de hoy sueñan con darle patadas a un balón, tener una bella voz, presumir ante el mundo de un cuerpo bonito o hacer videos, hablando sobre temas irrelevantes, a la espera de recibir el máximo número posible de reproducciones y vivir de los seguidores.

Es muy triste, pero es la realidad en la que vivimos y en verdad que cada cual debe esforzarse por educar debidamente a sus hijos y no esperar que ocurra un milagro, pues aquel que no es un padre ejemplar, de poco le servirán los logros conseguidos, ya que, ¿de qué sirve volar muy alto si al final acabas destrozando tu nido?

 

Yamal Hassan

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