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 El siervo creyente pide a Allah –exaltado sea– para recibir la bendición divina en cualquier lugar que se encuentre, en su trabajo y en su casa, para su sustento y su conocimiento; esta petición también fue hecha por el Profeta Jesús (as), hijo de María, quien dijo aun siendo un niño, tal como se narra en la surah que lleva el nombre de su madre:

 

 Entonces [Jesús] habló: Por cierto que soy el siervo de Allah. Él me revelará el Libro y hará de mí un Profeta.

 

Seré bendecido dondequiera me encuentre, y me ordenará hacer la oración y pagar el Zakāt mientras viva. (19, 30-31)

 

El Profeta Jesús (as) se describe a sí mismo como el siervo enviado con el Evangelio y no como alguien al que deba adorársele, pues la adoración sólo pertenece a Allah –exaltado sea–; Jesús (as) también se presenta como receptor de la bendición divina en cada momento y situación.

 

El Profeta Jesús (as) se encargó de invitar a la realización del bien con sus dichos, acciones y milagros que Allah –exaltado sea– le permitía, así mismo el Profeta Jesús (as) transmitió el mensaje del taūīd tal como podrá constatar el lector de los Evangelios canónicos y apócrifos, en los que no se menciona el dogma de la trinidad, ni siquiera aparece el número tres, y a pesar de que los evangelios son traducciones y versiones de la vida y el mensaje de Jesús (as) no encontrará quien los lea una sola frase en la que Jesús (as) mismo o su madre, la Virgen María, pidan ser adorados o venerados.

 

La protección de Allah –exaltado sea–, antes mencionada, es propia de los creyentes, quienes son virtuosos en sus obras y, por lo tanto, Allah –exaltado sea– les bendice donde sea que se encuentren, bendice sus familias, su sustento y el conocimiento que han recibido mediante un comportamiento generoso en sus acciones y en sus dichos. 

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