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“Jamás hubo otro hombre que se propusiera, vountaria o involuntariamente, una meta más sublime que la meta sobrehumana de minar las supersticiones interpuestas entre la criatura y el Creador, de enlazar a Dios con el hombre y al hombre con dios, de restaurar la idea racional y sacra de la divinidad en este caos de dioses materiales y desfigurados de la idolatría... Ningún otro hombre ha conseguido en menos tiempo una revolución tan inmensa y grandiosa en el mundo...”
“Si la grandeza del objetivo, la frugalidad de los medios y la inmensidad del resultado fueran los tres criterios para medir el genio humano, ¿quién osaría comparar un hombre de la historia moderna con Muhammad? Los más famosos, no hicieron otra cosa que tomar las armas, cambiar las leyes, sacudir los imperios, no fundaron, si es que fundaron algo, más que potencias materiales que se derrumbraon antes que ellos.
Este hombre movió no sólo ejércitos, legislaciones, imperios, pueblos y dinastías, sino a un tercio del mundo entonces habitado; y, más que eso, movió los altares, los dioses, las religiones, las ideas, las creencias y las almas… Su paciencia en la victoria, su ambición, que estuvo dedicada enteramente a una idea y no a la creación de un imperio; sus oraciones interminables, sus conversaciones místicas con Dios, su muerte y su triunfo después de su muerte. Todo esto atestigua, no una impostura, sino una firme convicción que le dio el poder para restaurar el dogma. Este dogma tenía dos puntos básicos: la unidad de Dios y la inmaterialidad de Dios. El primer nos dice qué es Dios, mientras que el segundo nos dice lo que no es…
Filósofo, orador, apóstol, legislador, guerrero, conquistador de ideas, restaurador de los dogmas racionales y de un culto sin imágenes, fundador de veintidós imperios terrestres y de un imperio espiritual, ése es Muhammad. Atendiendo a todos los estándares por los que la Grandeza Humana puede medirse, podemos muy bien preguntarnos: "¿Hay un hombre más grande que él?".
“Es el fundador de una nacionalidad espiritual (…), de repulsión hacia los dioses falsos, y del amor incondicional al Dios Único e Inmaterial. Este patriotismo vengador de las profanaciones del cielo fue la virtud de los herederos de Muhammad; su milagro consistió en conquistar un tercio de la tierra para su creencia, o mejor dicho, esto no fue el milagro del hombre, sino el milagro de la razón, La idea de la unidad de Dios, proclamada con lasitud en las teogonías fabulosas, tiene en ella misma una virtud tal, que al estallar de los labios de quien la pronuncia incendia todos los viejos templos d los ídolos y alumbra con su resplandor un tercio del mundo.”
(Lamartine, Historire de la Turquie, Paris, 1854, Vol. II, pp. 276-277).
Libro: ¿Qué piensan ellos del Islam? Textos e impresiones.
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