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En efecto, es muy seguro que digas: “Sí, estoy de acuerdo en que fui creado por Dios y que Él es mi Señor y el Señor del Universo, siempre he creído que hay una divinidad Suprema que ha hecho que todo esto exista”. Pero la siguiente cuestión que se debe preguntar es por qué.
Déjame preguntarte, supón que alguien comience una compañía, o una planta de manufactura. Después de haber construido las oficinas y las fábricas, ¿Qué dirías si se alejara completamente, sin preocuparse por pagar los salarios, y la abandonara? ¿Acaso esta persona podría considerarse sabia? Obviamente que no. Si es que concuerdas con esto, si hay un Omnisapiente creador –y seguramente este Creador ha creado todo conforme a su perfecta sabiduría–, Él nos tendría que dar todo para ordenar la vida en la que vivimos. ¿Acaso Él no te proveía cuando te encontrabas en el vientre de tu madre? ¿Quién es el que te ha provisto de comida hasta que llegaras a ser una persona fuerte y segura? ¿Y quién te cuidará cuando te debilites y te llegue el momento de la muerte? ¿Acaso Él no te ha proveído de inteligencia?
Es así como que Aquél que te ha proveído de todas tus necesidades físicas y te ha bendecido para que puedas reflexionar sobre la creación también te ha proveído de las necesidades espirituales. Simplemente no es posible que te haya creado sin un propósito en la vida. Definitivamente, es esencial que te haya creado para el más grande propósito y los más nobles fines. Como Dios dice en el Corán a quienes piensan que fueron creados sin razón alguna:
“¿Acaso creíais que os creamos sin ningún fin, y que no ibais a comparecer ante Nosotros? ¡Exaltado sea Dios! El único Soberano real, no hay otra divinidad salvo Él, Señor del Trono grandioso”. (Corán 23:115,116).
Dios nos ha creado para un noble propósito. Y es el mismo propósito por el que ha enviado a los Profetas para guiarnos y ha revelado las Escrituras para instruirnos y recordarnos acerca de este noble fin y la sabiduría por la que nos ha creado. ¿Sabes cuál es ese propósito? Es la adoración a Dios el Altísimo, Único, sin asociado o equivalente alguno, pues no tiene asociado en Su creación, reino, ni en la organización del universo. Si Él no tiene socios en todo esto, es al Único que debemos adorar. Esta verdad se encuentra dentro de la naturaleza humana de cada individuo, y todo aquél que establezca esta naturaleza –adorar únicamente a Dios y particularizarlo en la creación, organización y adoración– será el poseedor del origen de la felicidad y se le clarificará el secreto de la vida, pero quien se desvíe de esta naturaleza, no dejará de permanecer en la infelicidad y perplejidad en su existencia, así sea poseedor de los tesoros de este mundo y no importa cuanto trate, hasta que regrese a esta naturaleza orientándose a sí mismo a la meta por la que ha sido creado.
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