Raquel Arroyo - España
Hace tres años que soy musulmana -Alhamdulilah- y conocer esta religión fue lo mejor que me pasó en la vida.
De pequeña iba los domingos a misa porque mi madre me mandaba, mi padre que nunca creyó en Dios me decía no vayas, pero yo iba porque sentía que algo había. Mi abuela era la encargada de la ermita del pueblo y quien tenía las llaves, a menudo me llevaba cuando todo estaba vacío y oscuro y recuerdo que ver todas esas estatuas me producía una enorme tristeza, ella era muy devota de la virgen y siempre nos estaba regalando estampas y medallas. Así en este ambiente tomé la comunión y más tarde me confirmé.
A los 18 dejé de estudiar y me puse a trabajar en un supermercado, también me hice catequista y preparaba a los niños que se iban a confirmar, por las noches al salir de trabajar me iba al salón parroquial, me reunía con el párroco, monjas y catequistas y preparábamos las clases de los viernes. Algunos veranos pasaba parte de las vacaciones en campamentos organizados por la parroquia como monitora.
Esto fue durante algunos años, si bien la religión no me llenaba, mi corazón no entendía como Dios si era tan poderoso permitió que crucificaran a Jesús, verle en la cruz cada día en la iglesia me apenaba. y el misterio de la Trinidad, en resumidas cuentas que mi fe se fue debilitando.
El trabajo se me acabó y me trasladé del pueblo a la ciudad, poco a poco iba perdiendo la fe y así pasaron algunos años.
A los 28 años recibí un golpe fuerte, mi hermano que era una de las personas más importantes de mi vida se suicidaba, renegué de Dios y de la fe, fue un golpe del que tardé en recuperarme.
Y casualidades (que no son casualidades porque Dios lo tiene escrito) conocí a mi marido y aunque me casé por el Islam la fe no estaba ni mucho menos en mi corazón. El rezaba y me animaba para que leyera el Corán, yo más por complacerle que por otra cosa empezaba a leerlo pero no le encontraba sentido. Para mi Dios no existía.
Nació nuestra hija mayor, yo había dejado de trabajar para dedicarme a cuidarla y era prácticamente mi único mundo, mi sol y mi luna.
Cuando tenía un año se puso muy malita, fiebre que subía y bajaba, la llevamos a urgencias al hospital, la hicieron unos análisis y cuando nos íbamos a casa me llama una enfermera y me dice, pasa que tengo que hablarte, cuéntame los últimos días de tu hija, todo porque se queda ingresada, la analítica está mal y vamos a repetirlos mañana, sospechamos una enfermedad de la sangre, yo pregunté que si leucemia y me contestaron que sí. Al día siguiente volvieron a salir mal, estábamos en la habitación más vigilada de pediatría y yo estaba completamente destrozada, mi mundo se hundía y no podía hacer nada. En ese momento pensé en Dios pero después de tantos años negando su existencia no me atrevía a pedirle nada, se me caía la cara de vergüenza. Mi marido aunque destrozado lo llevaba de otra manera su fe le ayudaba, yo no paraba de decirle tu que siempre rezas pídele a Dios por ella. Dos días después repitieron los análisis para sí daban mal trasladarnos a otro hospital donde trataran el cáncer y eh ahí que salieron bien, mi hija estaba sana y no tenía nada (bueno un poco de anemia), esos días me dejaron muy muy tocada pensando que si la pasaba algo mi vida no tenía sentido.
Ya en casa sin decir nada a mi marido empecé a buscar en internet cosas sobre el Islam y mientras más leía más me gustaba y leí y leí y leí dejé para el final el Corán para poder entenderlo mejor.
A los dos meses le dije a mi marido que quería ser musulmana y que me enseñara a rezar, al principio tuve que rezar con papeles pero Alhamdulillah ya hace tres años de eso y no he perdido ninguna oración, tengo una paz interior que jamás pensé que se podría alcanzar. Todos los secretos y misterios existenciales se han desvelado. Le quiero muchísimo a Dios, Soy la persona más feliz del mundo.
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