Una historia antigua que se repite

by Isa Rojas 21. julio 2011 22:18

 

De Isa García

Alabado sea Alá, Señor del Universo. Le glorificamos, Le pedimos perdón por nuestros pecados y a Él nos encomendamos. Nos refugiamos en Alá del mal que existe en nuestras propias almas y de los perjuicios de nuestras malas acciones. A quien Alá guía nadie puede desviar, y a quien extravía nadie puede guiar.

Atestiguo que nada ni nadie merece adoración sino Alá, Único, Quien no tiene copartícipe alguno. Atestiguo que Muhammad es Su siervo y Mensajero.

 

Alabado sea Alá, Único y sin socios en Su reino, alabado sea Aquél cuya adoración exclusiva es la principal causa que nos hará entrar al Paraíso. Alabado sea Alá que nos ha guiado al Islam, haciéndonos pertenecer a la comunidad del último de los profetas enviados a la humanidad, Muhammad, a quien concedió la sabiduría y el Corán. Alabado sea Alá por todas las gracias y bendiciones que nos ha concedido. Alabado sea, por haber hecho de este mundo una tierra de cultivo, para cosechar los frutos en esta vida y el más allá. Quien obre bien, encontrará recompensa, y debe agradecer a Alá. Quien haya obrado mal, se hará merecedor del castigo, y no debe culparse sino a sí mismo.

 

Ser musulmán en América Latina es un desafío muy grande. Absolutamente todos los que profesan y practican en Islam aquí lo hacen por opción, ya sea que pertenecen a una familia de origen musulmán, o son nuevos musulmanes. Aquí no existen musulmanes “por obligación ni imposición”. Aunque a veces, historias de la antigüedad se repiten en la actualidad, donde personas que por el sólo hecho de decir: “Mi señor es Alá” son perseguidos, acosados, torturados y hasta a veces matados.

 

Alá nos narra una historia como esta en el Sagrado Corán:

 

“Juro por el cosmos y sus constelaciones, Por el día prometido [el Día del Juicio Final], Y por el testigo y lo atestiguado [aquel día] Que los que arrojaron a los creyentes al foso del fuego fueron maldecidos. En el foso encendieron un fuego ardiente, Y se sentaron en sus bordes Para presenciar lo que cometían contra los creyentes; cuya única culpa, para merecer ese castigo era creer en Alá, el Poderoso, el Loable. A quien pertenece el reino de los cielos y de la tierra. Alá es testigo de todo. Quienes persigan a los creyentes y a las creyentes y no se arrepientan [antes de morir], sufrirán en el Infierno un castigo abrasador. En cambio, quienes hayan creído y obrado correctamente serán recompensados con jardines por donde corren los ríos. Ése es el triunfo grandioso. Por cierto que el castigo de tu Señor es severo. Él da origen y reproduce. Él es el Absolvedor, el Afectuoso. Señor del Trono, el Majestuoso. Hacedor de su voluntad. ¿Has oído la historia  de los ejércitos [criminales] del Faraón y del pueblo de Zamúd? Sin embargo los que niegan la verdad continúan desmintiendo. Pero Alá los domina sin que lo sepan. Este es un Corán glorioso que está registrado en la tabla protegida”. (Sura 85)

 

En la Sunnah encontramos los detalles de esta historia, que nos habla de la fe, de la entrega a la verdad, de la tiranía de un opresor que quería que su pueblo lo adore, en lugar de adorar a Alá.

 

Suhaîb (ra) narró que el Enviado de Alá (saw) dijo:

 

 “En la antigüedad hubo un rey que tenía un mago, y éste, al llegar a una edad avanzada, le dijo al rey: ‘Soy anciano ya, envíame a un joven para que le enseñe la magia’. Entonces se le envió un muchacho para que fuera su aprendiz.

En el camino que hacía el joven aprendiz había un monje con el que se sentó para escucharle, quedándose maravillado por sus palabras. Desde entonces, siempre que pasaba en dirección a la casa del mago se sentaba con él, hasta que el mago debido a sus continuos retrasos lo golpeó. El aprendiz se quejó al monje, quien le dijo: ‘Cuando temas algún perjuicio del mago dile: Me ha impedido llegar a tiempo mi padre o mi madre, y cuando temas algún perjuicio de tu padre o tu madre di: Me ha impedido llegar a tiempo el mago’.

Un día, el aprendiz, en su camino donde el mago encontró un animal enorme que tenía acorralada a la gente, y dijo: ‘Hoy voy a saber quién de los dos tiene razón, si el mago o el monje’. Entonces tomó una piedra y dijo: ‘¡Oh Señor! Si la práctica de este monje es más querida para Ti que la del mago, mata a ese animal para que la gente pueda seguir su camino en paz’. Entonces arrojó la piedra y el animal murió, y la gente pudo marcharse en paz.

 

El aprendiz fue donde el monje y le informó de lo sucedido, y éste le dijo: ‘¡Hijo mío! Has alcanzado un grado más elevado que el mío. Serás puesto a prueba, y cuando esto suceda, no le digas a nadie que fui yo quien te enseñó’.

Luego de un tiempo el joven comenzó a curar a los ciegos de nacimiento y sanaba a los leprosos y otros enfermos.

 

Un consejero del rey que había quedado ciego tuvo conocimiento de estas sanaciones y se presentó ante él con una gran cantidad de regalos y le dijo: ‘¡Todo esto es para ti si me curas!’

 

El aprendiz le contestó: ‘En realidad no soy yo quien cura, el que cura es Alá. Si crees en Alá, le pediré por ti y Él te curará’. El consejero creyó y Alá r lo curó.

Cuando el consejero acudió a reunirse con el rey, como solía hacer, éste le preguntó: ‘¿Quién te ha devuelto la vista?’

 

Dijo: ‘Mi Señor’.

 

El rey inquirió molesto: ‘¿Acaso tienes otro señor que yo?’

 

Dijo: ‘Mi Señor y tu Señor es Alá I’.

 

Entonces el rey ordenó que lo pusieran en prisión y lo torturaron hasta que confesó cómo encontrar al joven que le había curado la vista.

 

Cuando el joven fue llevado ante el rey, éste le dijo: ‘Hijo mío, tu magia ha alcanzado tal punto que curas a los ciegos, a los leprosos y a muchos otros’.

 

Pero el aprendiz le contestó: ‘En realidad no soy yo quien cura, quien verdaderamente cura es Alá I’.

Entonces el rey ordenó que fuera puesto en prisión y fuera torturado hasta confesar. El joven terminó por confesar la existencia del monje. Cuando el monje fue traído ante el rey, le ordenaron:

‘¡Reniega de tu religión!’

 

Pero el monje se negó, y el rey ordenó que trajeran una sierra, se la colocaran sobre la cabeza y lo cortaron a la mitad.

 

Luego mandó llamar al consejero y le ordenó que renegara de su fe, pero como se negó fue asesinado de igual manera que el monje.

 

Después trajeron al joven, y el rey le exigió que renegara de su fe, pero al negarse, dijo: ‘Llevadlo hasta la cima de la montaña, y si no reniega de su fe arrojadlo al abismo’. Cuando estuvieron en lo alto de la cima, el joven exclamó:

 

‘¡Oh Señor, líbrame de ellos de la forma que desees!’

 

Entonces, la montaña tembló y fueron ellos los que cayeron al abismo. El joven regresó caminando hasta el rey, quien le preguntó: ‘¿Qué ha ocurrido con los guardias?’

 

Le dijo el joven: ‘Alá me libró de ellos’.

 

Entonces el rey lo envió con otros guardias, a quienes les dijo: ‘Llevadlo en barco hasta alta mar y exigidle que reniegue de su religión, y si no lo hace arrojadlo al mar’.

 

Cuando llegaron a alta mar el joven dijo: ‘Alá líbrame de ellos de la forma que desees’.

Entonces el barco naufragó y los guardias se ahogaron. El joven volvió caminando hasta el rey, quien le preguntó:

 

‘¿Qué ocurrió con los guardias?’

 

Le dijo: ‘Alá me libró de ellos. Tú no podrás matarme hasta que hagas lo que te ordene’.

 

Dijo el rey: ‘¿Qué me ordenas?’

 

Dijo: ‘Reúne al pueblo y átame al tronco de un árbol. Luego, toma una flecha y ponla en el arco, y di en voz alta: ‘En el nombre de Alá, Señor de este joven’ y arrójame la flecha. Me matarás si así lo haces’.

 

Entonces el rey ordenó reunir al pueblo e hizo todo conforme le había dicho el joven, y antes de dispararle dijo en voz alta: ‘En el nombre de Alá, Señor de este joven’, y asestó la flecha en la sien del joven, quien tomándose la frente murió.

 

Al presenciar esto, el pueblo entero dijo: ‘Creemos en el Señor de este joven’.

Entonces le fue dicho al rey: ‘Aquello que más temías; ha sucedido. Todo el pueblo ha creído’.

 

El rey ordenó que fueran cavados grandes fosos y prender fuego en su interior, y dijo: ‘¡Quien no reniegue de su fe, arrojadlo al fuego o decidle ‘arrójate tú mismo’!’

Así fue hecho hasta que llegó una mujer con un bebé en brazos. Ella dudó, debido al temor de caer en el fuego con su hijo.

 

Entonces milagrosamente su bebé le habló diciendo: ‘¡Madre, ten paciencia y hazlo porque tú estás en la verdad!’”

[Muslim]

Así es la historia de algunos líderes y gobernantes que por ambición e intolerancia llevan a su pueblo a una situación insostenible e intolerable: adorarlos a ellos o adorar a Alá, el Creador.

 

Hermanos y hermanas en el islam pidan paz y bendiciones por el Profeta Muhammad, tal como Alá nos enseña en el Corán:

 

Ciertamente Alá y Sus Ángeles bendicen al Profeta. ¡Oh, creyentes! Pidan bendiciones y paz por él. [Corán 33:56]

 

¡Oh Alá! Me refugio en Ti de desviarme o ser desviado, de equivocarme o de que me precipite en el error, de oprimir y ser oprimido, de ser ignorante o que sean ignorantes conmigo.

 

¡Oh Alá! Tú eres el Soberano, no existe dios excepto Tú. Tú eres mi Señor y yo soy tu siervo. He sido injusto con mi alma, reconozco mis pecados, perdona todas mis culpas, y mis faltas porque nadie perdona los pecados sino Tú. Guíame hacia los mejores modales, no guía a ellos sino Tú. Aleja de mí las malas obras, no las aleja sino Tú.

 

¡Oh Alá! Perdóname tanto los pecados que cometí como lo que dejé de hacer, y aquellos que haya cometido en secreto y públicamente, y lo que haya malgastado, como también de aquellas cosas que Tú bien sabes de mí.

 

 

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