“Lo siento, yo no hablo”.

by Isa Rojas 25. mayo 2011 09:22

 

 

 

“Lo siento, yo no hablo”.

 

En un mercado, y entre la congestión de los compradores, se paseaba este joven fuerte entre las tiendas, de un lugar a otro, como si estuviera buscando un objetivo.

Entra a una tienda unos minutos, luego sale y se va a la de al lado llevando en su mano una maleta.

Cuando te le acercas, te llama la atención un pequeño papel colgado en su pecho que dice: “Lo siento, yo no hablo”.

¿Cuál es el secreto que guarda este papel? ¿Qué es lo que lleva en su mano? Y ¿Por qué camina de esta manera?

Él fue un niño tranquilo, de buena salud, iba a la escuela como cualquier niño, pero cuando llegó al sexto año de la primaria, Alá lo probó con una enfermedad en las cuerdas vocales. Su voz empezó a debilitar gradualmente hasta quedarse ronco y ya no podía hablar y así se quedó.

El niño vivió el resto de sus días sin poder hablar, y con el paso del tiempo, sus amigos empezaron a aburrirse de él, ya que escuchaba pero no podía responder; lo que lo entristeció y lo alejó de ellos.

Creció y empezó a buscar lugares donde no necesitaba hablar; entonces, encontró en las clases y las conferencias de religión un lugar de respiro. De este modo, comenzó a frecuentarlas.

Se conmovió con lo que escuchaba acerca de la importancia de invitar a la adoración de Alá; no se rebajó a si mismo ni tampoco dijo: “Tengo pretexto”, sino contribuyó en el servicio de la religión adaptándose a sus circunstancias.

Separaba parte de su pequeño salario, que ganaba imprimiendo, un monto mensual y lo asignaba a la compra de cintas de audio y folletos educativos.

Comenzó a caminar en los mercados y entre los vendedores; y cada vez que veía un acto de desobediencia a Alá de parte de una persona, escogía la cinta adecuada y se la regalaba con una sonrisa que muestra el amor al Islam, señalando al papel adjunto en el pecho “Lo siento, yo no hablo”. Luego, salía de la tienda.

Así, cada semana.

No sé qué me impresiona,  su paciencia en la invitación a la religión de Alá, o su imagen positiva a la vida aún con la prueba que tuvo.

Una vez, le preguntó una persona que seguía su labor en la Da’wah: ¿Has tenido un resultado a lo qua haces? Le escribió el joven respondiendo: “Sí, un día entré a una tienda, donde se cometían desobediencias; entonces, aconsejé a su dueño por medio de una cinta grabada que le regalé de un valor de dos riales y salí. Meses después, regresé al mismo lugar olvidando la vez que entré ahí.

Me recibió el vendedor con alegría, me abrazó y besó mi cabeza. Me sorprendí y le señalé a quién buscaba y que quizá se equivocaba de persona; me dijo: Sí eres tú, ¿Acaso no fuiste quien me regaló esta cinta? Y la sacó de su bolsillo. Le señalé que sí era yo.

El hombre continuó diciendo: Éramos ocho personas que conocíamos del Islam solamente el nombre, cometíamos todo tipo del mal, pero cuando escuchamos la conferencia que me regalaste, con la gracia de Alá, Alá nos guió a Su camino que tanto ignorábamos. Por lo tanto nos alejamos de lo que hacíamos y mejoramos nuestra relación con Alá. Que Alá te lo recompense”.

Ahora surge una pregunta:

Después de esto, ¿la persona que goza de buena salud encuentra un pretexto para  no servir al Islam?

 

                                               Traducido por: Rachida El Wafi.

 

 

 

 

 

 

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